Cáncer infantil

El cáncer infantil constituye una de las entidades médicas más desconocidas por la población general en este país. Todo el mundo es consciente de la importancia, por su incidencia y potencial gravedad, del cáncer del adulto, pero si preguntamos por sus conocimientos sobre el desarrollo de esta enfermedad en la edad pediátrica, la respuesta sería de asombro y de incredulidad.

Pero, objetivamente, el cáncer en el niño es una realidad dura y difícil. Sin embargo, el hecho de haberlo abordado con gran valentía y decisión ha supuesto que el tratamiento de estas enfermedades constituya uno de los éxitos terapéuticos más espectaculares de la medicina de nuestros días.

Hasta la década de los setenta el cáncer se ha considerado una enfermedad mortal. No debemos olvidar que el cáncer en la edad pediátrica es una afección rara, pero que constituye la segunda causa de mortalidad infantil, sólo superado por los accidentes e intoxicaciones.

Ha sido a partir de esa fecha cuando los avances en el conocimiento de agentes quimioterápicos, asociados a radioterapia y cirugía con nuevas tecnologías, han provocado un cambio espectacular en la supervivencia de estos pacientes, con mayor expresión en la “población infantil”.

Hoy día la supervivencia a los cinco años del diagnóstico se sitúa cerca del 70%. Estos resultados tan esperanzadores nos llevan a ser optimistas y a pensar que si en el año 1991, 1 de cada 1.000 adultos entre 20 y 29 años era un superviviente de cánceres sufridos en la infancia, en el año 2000 lo será 1 de cada 900, y en el 2010, 1 de cada 250.

El futuro está en obtener unos resultados favorables para todos los grupos de pacientes, optimizando el tratamiento, utilizando unas pautas terapéuticas efectivas, pero a su vez menos tóxicas y con menos efectos secundarios.

Es por ello por lo que, en estos momentos, no nos debe sorprender que un niño con cáncer tenga una gran probabilidad de curarse y nunca más esa curación debe ser tenida como algo excepcional o milagroso, sino que se trata de un hecho cotidiano. Por lo tanto, es fundamental reforzar la evidencia de que estos niños deben tener unas expectativas de futuro iguales a las de los demás, considerando la enfermedad como un paréntesis en sus vidas que les obliga a suspender temporalmente sus actividades, pero que ello no va a interferir en su desarrollo personal, intelectual ni social.

El texto reproducido en esta página ha sido extraido, con fines divulgativos e informativos, del libro “Volver a la Escuela”.

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