Testimonio de Almudena, superviviente de un cáncer en la adolescencia

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Hola me llamo Almudena

Vale, tengo que reconocer que fui muy cabezota. Llevaba con dolores en los huesos varios meses, pero hasta que no estuve en el punto de arrastrarme de cansancio, ganglios inflamados y una fiebre que no había manera de bajarla, no cedí a que me hiciesen un análisis. Siempre tenía alguna excusa lógica: que si segundo de bachillerato era muy duro, que si era una contractura muscular de hacer deporte… pero cuando dejé de salir con mis amigos, de ir al gimnasio, de coger mi motito o montar a caballo, obviamente mis padres sabían que algo me estaba pasando.

Y efectivamente, tal cual me hicieron el análisis y vieron los resultados, me encerraron en una consulta y al rato estábamos de camino a La Fe para ingresarme, sin que me explicasen qué estaba pasando, aunque con la cara que ponían todos no hacía mucha falta. Yo estaba flipando.

Siempre me han dicho que me he pasado de hacerme “la fuerte”, de no quejarme de las pruebas, quimios o de si me dolía algo, mi madre incluso intentaba analizarme y se lo inventaba cuando venía el médico a preguntarme qué tal estaba, pero sí, las quimios del primer mes fueron muy duras. Tuve la suerte de que el 80% de blastos pasó  a ser un 30% y seguramente no iba a hacer falta ni buscar un donante compatible para el trasplante.

Fueron prácticamente 7 meses viviendo en el hospital. Podía salir algunos días de descanso cuando tenía un poco de defensas, pero aún así, lo peor de todo fue el aburrimiento de estar allí encerrados tanto tiempo.

Acabas mandando a tus padres al pasillo cada 2 por 3 (ellos a ti no porque no les queda otra que aguantarte :), te apartas un poco de tus amigos porque no quieres que te vean en esas condiciones, pero conoces mucha gente que está  pasando por lo mismo, o incluso las enfermeras, auxiliares, limpiadoras y médicos se convierten en parte de tu día a día. Por no hablar de los residentes, que me apodaron “la niña del exorcista” por una reacción que tuve a un fármaco mientras estaba hablando con ellos.

He pasado por la UCI, por quirófano varias veces, por los efectos secundarios más inesperados, también tuve un fallo renal, he estado casi un año con muletas (ni de coña cedí a la silla de ruedas, aunque un simple bordillo se había convertido en un gran obstáculo) y fisios intensivos por una intoxicación medular que me desmielinizó los nervios lumbosacros.

Estaba tan calva como el culito de un bebe, y tan pálida, delgada y a la vez hinchada por los corticoides que físicamente era irreconocible.

Pero aún así, intentas quedarte con la parte buena de haber pasado esa experiencia.

Pasar un cáncer transforma a las personas de dos formas muy distintas: unas no quieren volver a oír esa palabra, y a otras nos atrae todavía más ese mundo, porque debemos ser masocas, y acabamos estudiando medicina o algo relacionado.

Tenía 17 años cuando me diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda. Cumplí los 18 en el hospital, no fue tal cual mis expectativas, pero original acabó siendo el día y las fiestas “sorpresas” que me organizaron.

Ahora tengo 22 y hace 2 que acabé el tratamiento.

Y si me pongo a analizar estos años que acabo de pasar, te das cuenta de la suerte que tienes (dentro de lo que cabe, porque muchos amigos del hospital no pueden decir hoy en día lo mismo), de que en verdad todo pasa rápido aunque las horas en aquella habitación pareciesen interminables, y de que la vida sigue y siempre hay que estar motivados por algo.

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